Caso de estudio
Cómo una marca chica reordenó su identidad visual sin perder su público
Publicado el 14 de marzo de 2024 · Lectura de 6 minutos · Por Oscar Morales Rivera
Cuando una marca de indumentaria lleva casi diez años con el mismo logotipo, el problema no suele ser el logo en sí, sino todo lo que creció alrededor sin reglas. Eso fue lo que encontramos en este proyecto: una pyme textil de Palermo con buena reputación en el barrio, pero con una identidad visual que se desarmaba apenas salía de la etiqueta de la prenda.
El logotipo original era de 2014. Se había diseñado para una única aplicación: la etiqueta interior. Con el tiempo, el mismo archivo empezó a usarse en Instagram, en la vidriera, en las bolsas de papel y en las stories. Nadie había adaptado nada. El resultado era un símbolo que se veía bien en grande y se volvía ilegible en los formatos chicos que hoy son los más importantes.
Antes de tocar el logotipo, hicimos un relevamiento de todas las piezas existentes: etiquetas, packaging, cartelería del local, publicaciones de los últimos dos años y las placas de descuento que el equipo armaba a mano. Ese archivo desordenado mostró tres versiones distintas del logo, dos paletas de color que no coincidían y una tipografía secundaria que nadie recordaba haber elegido.
También hablamos con el equipo de ventas. Ellos son los que escuchan al cliente todos los días y sabían qué palabras usaba la gente para describir la marca: "cómoda", "de barrio", "para todos los días". Eso nos dio un punto de partida claro. No queríamos una identidad de lujo ni algo demasiado experimental. Queríamos algo legible, consistente y fácil de aplicar sin depender de un diseñador para cada publicación.
La decisión tipográfica fue la más discutida. La marca venía usando una serif clásica que le daba un aire más formal del que realmente tenía. Probamos varias opciones y terminamos con una geométrica de trazos parejos, con buena altura de x, que se sostiene bien tanto en un cartel de vidriera como en una miniatura de Instagram. La versión anterior se volvía una mancha por debajo de los 40 píxeles.
Para el color armamos un sistema de tres tonos: un violeta profundo como base, un naranja como acento y un blanco roto para fondos. Antes había cinco colores en circulación y ninguno tenía una función definida. Ahora cada tono cumple un rol: el violeta estructura, el naranja señala (precios, novedades, llamados a la acción) y el blanco roto da aire. La regla es simple y el equipo la puede recordar sin manual a mano.
El entregable más útil no fue el manual completo, sino una hoja de una página con las reglas que se usan todos los días. Ahí quedó definido el tamaño mínimo del logo, el margen de respeto, qué tipografía usar en placas de promoción y cómo tratar las fotos de producto. También dejamos plantillas editables para las publicaciones más repetidas: lanzamiento, descuento y agradecimiento.
En la vidriera el cambio fue más visible. Antes se imprimían carteles nuevos cada vez que había una promo, con tipografías distintas cada vez. Ahora hay un sistema de vinilos intercambiables que respeta la paleta y el equipo puede actualizar sin reimprimir todo. Menos piezas repetidas, menos errores y una imagen que se reconoce desde la vereda.
El resultado más concreto fue la reducción de piezas duplicadas. Antes había tres versiones del logo circulando y cada persona del equipo usaba la que tenía a mano. Hoy hay una sola versión oficial y dos adaptaciones (horizontal y cuadrada) con reglas claras de cuándo usar cada una. Las publicaciones de Instagram dejaron de verse como si vinieran de cuentas distintas.
La marca no perdió su público. Al contrario: los clientes de siempre reconocieron el local y los nuevos empezaron a identificar la cuenta con más facilidad. Un rebranding no tiene que ser una ruptura. A veces alcanza con ordenar lo que ya estaba ahí y darle reglas para que no se desarme.